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viernes, 6 de febrero de 2009

El color de la sobrepelliz

Esta nota fue subida por el Padre Fabián Báez a Facebook. Fabián es mallinista del 158 de varones "Molieron sus vidas y las manos de María en pan los transformó", delegado del 173 "Con alas pequeñas, un vuelo gigante hacia el Sol" y actual sacerdote diocesano, su origen mallinista se ve en su amor por los jóvenes y su pasión por misionar... Tiene su propio blog
www.padrefabian.blogspot.com


El color de la sobrepelliz
Del libro: “Razones para el amor”
José Luis Martín Descalzo

Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas.
Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo.

No es éste, desde luego, el único caso de ceguera humana. El papa León X celebraba corridas de toros en Roma mientras Lutero iniciaba su Reforma.

En España, nuestros monarcas organizaban cacerías mientras se hundía el imperio americano. Miles de creyentes se obsesionan hoy sobre si la comunión debe recibirse en la boca o en la mano mientras crece en torno suyo el descreimiento.

Y es que, curiosamente, los hombres todos somos terriblemente cortos de vista, y el mundo puede arder a tres palmos de nuestras narices sin que nos enteremos. Porque, curiosamente, el sentido que menos desarrollado tenemos es el que olfatea los tiempos históricos que vivimos.

Por desgracia, a los hombres los pequeños acontecimientos que nos afectan personalmente nos obnubilan para todo lo demás. Cuentan los historiadores que el gran Julio César estaba más preocupado por su peluquín que por la suerte del Imperio, y que Pompeyo perdió su guerra con Cesar porque el día del Rubicón tenía diarrea. Cualquiera sabe que el día que nos duele una muela nos parece que el universo entero estuviera derrumbándose.

Yo he meditado muchas veces sobre un pequeño dato de los evangelios que siempre me desconcierta: aquel en el que se cuenta que, cuando Cristo murió, los soldados que le habían crucificado se sortearon su túnica. ¿Se la sortearon? ¿Con qué? Probablemente con unas tabas, que era el juego de la época. ¿Y qué hacían unas tabas al pie de la cruz?

Es muy simple: los soldados sabían que los reos tardaban en morir. Así que iban prevenidos: llevaban sus juegos para entretenerse mientras duraba su guardia y la agonía de los ajusticiados. Es decir, a la misma hora en que Cristo moría, en el momento en el que giraba la página más decisiva de la historia, había, al pie mismo de ese hecho tremendo, unos hombres jugando a las tabas.

Y lo último que Cristo vio antes de morir fue la estupidez humana: que un grupo de los que estaban siendo redimidos con su sangre se aburría allí, a medio metro. De todo lo que los evangelistas cuentan de aquella hora me parece este detalle lo más dramático y también -desgraciadamente- lo más humano de cuanto allí aconteció.

Los hombres estamos ciegos. Ciegos de egoísmo voluntario. Y uno no puede pensar sino con tristeza en el día del juicio de aquellos soldados, cuando se les preguntara lo que hicieron aquel viernes tremendo y tuviesen que confesar que no se enteraron de nada... porque estaban jugando a las tabas.

Pero ellos no eran más mediocres que nosotros: todos vivimos jugando a las canicas, encerrados en nuestro pequeño corazoncito, creyendo que no hay más problemas en el mundo que ese terrible dolor en nuestro dedo meñique. ¿El hambre de Etiopia? ¡Nos queda muy lejos! ¿El crecimiento del paro? ¡Menos mal que no nos afecta a nosotros! ¿Los viejos abandonados? ¡Que los cuiden sus hijos! ¿La crisis de la fe? ¡Que se preocupen los curas y los obispos! ¿La paz del mundo? ¡Que la busquen Reagan y Gorbachov (nota escrita a fines de la decada del 80).

Nos encanta quitarnos de encima las responsabilidades. Y lo que es peor: no las vemos, no queremos verlas. O nos refugiamos en piadosos o pequeños gestos inútiles. Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo.

Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías. Cuidar, cuando menos, la pequeña parcela que hay delante de nuestra alma. Todo antes que abrir la boca asombrados el día de nuestro juicio al descubrir que vivimos en la orilla de un volcán... y ni nos enteramos.